Olga Leticia Orizaga Cárdenas
Reto en altamar
Las personas que viajaban a bordo del trasatlántico Perla Dorada se encontraban conmocionados, por la desaparición de uno de sus tripulantes. El escritor Samuel del Prado no llegó a ocupar su lugar correspondiente en el comedor, ni tampoco fue visto por los camareros que normalmente lo atendían en cubierta. Era una persona metódica. Desde su arribo al barco se le veía a diario recostado en un camastro, auxiliándose de una pequeña mesa para hacer sus anotaciones. A tan solo unos días de terminar la travesía, la encargada del aseo de su camarote se dio cuenta de que no fue utilizado y avisó de inmediato al capitán Danny Plazola. En un principio el capitán no consideró necesario dar la señal de alarma, pero cuando otra persona fue a preguntarle por él cambió de opinión.
—Soy amiga de Samuel –le dijo Nereida al abordarlo
– Tengo pendiente porque no lo veo desde ayer. Todos los días nos reunimos para comentar sobre nuestros escritos. Se me hace raro no encontrarlo en su lugar favorito.
—No se preocupe. Pronto tendremos noticias sobre él.
Al ver el capitán que las cosas podían salirse de control ordenó su búsqueda de inmediato. Nereida Vasconcelos había pasado por una gran pérdida unos meses antes. El deceso de su madre la dejó muy abatida. Queriendo apartarse un poco de su vida monótona y solitaria, decidió darse unas vacaciones por las costas del Pacífico en un trasatlántico. Desde que compró el pasaje hasta el momento de zarpar no tuvo ningún contratiempo, pero al estar a bordo una persona la identificó.
—Que alegría verla por aquí, escritora. No reconoció a la persona, pero consideró una falta de educación no dedicarle un poco de tiempo. Trató de mostrarle la mejor de sus sonrisas.
—Es una verdadera coincidencia que otro escritor este viajando en el mismo barco.
—Sí, es coincidencia.
—Se trata de Samuel del Prado. Me imagino que ha leído alguna de sus obras.
Nereida trató de sobreponerse a la pregunta.
—Por supuesto. Solo que no tengo el placer de conocerlo personalmente.
—Faltaba más. Qué le parece si se lo presento a la hora de la cena.
—Será un placer. Le molestó la insistencia de la señora de presentarle a su colega, pero se despidió haciendo el compromiso. Al llegar la noche no tenía ánimos de ponerse elegante para la cita, más bien, su intención era meterse a la cama temprano. Así que prefirió pedir el servicio en su camarote. El día era precioso. Nereida decidió subir a la cubierta, así podía disfrutar del hermoso paisaje y hacer lo que más le gustaba. Buscó un lugar apartado del bullicio para dedicarse a escribir. Escogió un lugar agradable. En ese momento únicamente se encontraba una persona en uno de los camastros. No lo consideró un problema. Inició con sus anotaciones, pensando en su historia de amor que tenía en mente. Quedaría excelente, con la descripción del lugar y las cosas que había a su alrededor. Cuando se ponía a escribir se trasportaba a su mundo fantasioso, pero tenía como hábito no descuidar su alimentación. Al escuchar la alarma en su celular inmediatamente se levantó para ir al comedor. Continuaría con la tarea en su camarote. Al estar buscando un lugar para sentarse una voz mencionando su nombre llamo su atención. La señora que conoció la llamaba con insistencia, invitándola a sentarse en su mesa. Al hacerlo notó que el compañero desconocido de la cubierta se encontraba ahí. No supo cómo reaccionar. Abrió tremendos ojos cuando supo de quién trataba.
—Le presento al escritor Samuel del Prado. El hombre de lentes en traje de manta, apenas si levantó la vista al darle la mano. Nereida no le dio importancia, solo le aumentó un calificativo al desatento cuarentón. La señora no dejó de hablar. Ante tanta adulación los escritores se sintieron incómodos. Apenas si cruzaron palabras entre ellos.
No recordó el incidente del escritor hasta el momento de llegar a la cubierta. Samuel se dio cuenta de su presencia, pero la ignoró. Hizo una mueca de indiferencia, no iba a buscar otro solo porque no le simpatizara el hombre Antes de dormirse dedicó dedicado un poco de tiempo a buscar sus obras, por si tenía que comentar algo en caso necesario.
—No tuvimos tiempo de tener una conversación porque la señora hablaba hasta por los codos.
—Ese tipo de personas no tiene nada importante que decir. Samuel abrió la boca dejando lucir su egolatría.
—He escrito catorce libros y me va bien con las ventas. Recibí seis premios. Gané un concurso el año pasado. Ella prefirió mantenerse callada. Pensó para sus adentros que, si esa celebridad tenía interés en saber algo sobre su carrera literaria, debía investigarlo por su cuenta.
—Estoy haciendo este viaje con la intención de escribir una historia a la que titularé Vacaciones en un trasatlántico.
—Con tal de hacerlo sentir mal, Nereida le dijo la suya.
—Pues aparte de disfrutar de unas buenas vacaciones, también estoy escribiendo otra obra. Me imagino que los lectores se van a sentir confundidos cuando lean los mismos datos en dos libros de diferente autor.
—No lo creo, cada uno tiene su estilo. Pero si me dices sobre lo que vas a escribir, prometo dejarte todos los detalles a tu entera libertad.
—Hablaré sobre el barco, los eventos, las comidas, y alguna historia que escuche delos viajeros.—Entonces yo escribiré únicamente sobre los lugares en los que desembarquemos. Así no cruzaremos ningún dato. Pero te adelanto que mi historia será de amor.
—Precisamente sobre eso escribiré. Dos personas que se conocen y se enamoran en este viaje. Seguramente serán dos hermosas obras.
—¿Por qué no escribes una novela negra?
—Porque ya la comencé. Pienso publicarla en cuanto esté de regreso en casa. La carcajada que salió de la boca de Samuel lastimó su orgullo.



