La aldaba

Por: Andrés García Viesca

La aldaba

Mi pueblito natal se recuesta en el regazo de la colina, un manto de tejados rojos bajo el cielo enmarañado de nubes grises. Las calles estrechas se retuercen como antiguos ríos de piedra, fluyendo de recuerdo en recuerdo. Había vuelto después de muchos años. Demasiados. El viento aún llevaba las notas de aquellas canciones de la infancia, y los olores, ¿cómo olvidarlos? se entrelazaban con imágenes de manos arrugadas, amasando, pan y flores frescas en el alféizar de la ventana. La plaza central, siempre vibrante en mi memoria, ahora se muestra callada, solo interrumpida por el murmullo de la vieja fuente. Aquella donde lanzaba monedas y pedía deseos de niño. Deseos simples, ingenuos. Me adentré en la calle principal, donde las casas parecían susurrar secretos de antaño. Al final, reconocí la desgastada puerta verde, la entrada al mundo de la señora Elvira.

De niño me fascinaban las historias que contaba; relatos de amores imposibles, aventuras en tierras lejanas y criaturas mágicas. Siempre decía que eran fruto de su imaginación, pero algo en sus ojos brillantes decía lo contrario. Toqué la aldaba. Un eco sordo recorrió la casa. Después de un largo minuto, la puerta se abrió con lentitud, revelando a una anciana de cabellos plateados y ojos profundos como el océano. ¿Te conozco?, preguntó con voz quebradiza. Soy Lucio, el niño que venía a escuchar tus cuentos. Una sonrisa arrugada se formó en su rostro.

—Ah, sí. El niño de los ojos soñadores. Pasa.

El interior era un santuario de recuerdos. Estantes repletos de libros viejos, fotografías en blanco y negro, y juguetes de otra época. Nos sentamos junto a la chimenea. Ella tomó un libro y comenzó a leer en voz baja. Cada palabra, cada frase, cobraban vida, y me encontré nuevamente perdido en el encanto de sus historias.Cuando terminó, las sombras de la noche ya se habían adueñado del pueblito. Elvira cerró el libro y miró hacia el fuego, vi en sus ojos las llamas danzantes.

— Lucio, —comenzó —la vida es un tapiz de momentos y recuerdos. Algunos se desvanecen mientras que otros permanecen. Pero lo importante es recordar que cada historia, cada cuento que escuchas o relatas deja una huella en el alma. ¿Te gustaría escuchar una historia de mi infancia, Lucio?  Nunca la he contado pero por el gusto de verte después de tantos años, quiero compartirla con mi niño de ojos soñadores.

Elvira, con una ternura desbordante, acarició suavemente el rostro de Lucio, y en la penumbra acogedora que los rodeaba, comenzó a tejer el relato de sus memorias.

— Cuando era niña, viví en un valle solitario donde el río cantarín y los bosques de abetos pintaban el paisaje de tonos verdes y azules. Una tarde de otoño, cuando las hojas comenzaban a vestirse de oro y carmesí, mi abuela Griselda me llevó al bosque para recoger leña. Estaba feliz con mis pequeñas botas y una capa roja, me sentía como una heroína en un cuento de hadas, lista para descubrir lo que la floresta ocultaba. Caminamos entre los árboles centenarios, y mientras nos adentramos me enseñó cómo elegir las ramas secas que crujían bajo nuestros pies, las que eran perfectas para calentar el hogar en las noches frías que se avecinaban.

Mientras recogíamos la leña, noté que mi abuela se dirigía en silencio hacia un claro donde los rayos dorados del sol se filtraban a través de las ramas. «Allí, —susurró apuntando al centro del claro,— es donde las hadas bailan bajo la luna llena». Miré fascinada mientras mi abuela con movimientos suaves colocaba flores silvestres en un pequeño círculo: margaritas, campanillas y amapolas. «Las flores atraen a las hadas, y en agradecimiento, ellas nos cuidan y nos cuentan los secretos del bosque», —explicó mi abuela con una voz aterciopelada,— mientras sus ojos chispeaban con el brillo de aquellos que saben algo más que lo evidente. Mientras Griselda recogía agua de un arroyo cercano, yo no podía apartar la vista del círculo floral, esperando ver alguna hada. Me arrodillé al borde, escuchando con atención, esperando oír risitas o cuchicheos de las esquivas hadas. Aunque no llegó ninguna, percibí un calorcito en el corazón, fue una chispa de magia que me hizo sonreír. De regreso a casa, con nuestra carga de leña y un cántaro de agua fresca, yo supe que ese día fue especial. Pues por vez primera había tocado un rincón secreto del mundo, un lugar donde la magia era tan real como las piedras bajo nuestros pies y las historias de mi abuela Griselda. Terminó.

—¿Tú historia es real, señora Elvira? —pregunté, con la curiosidad de mi yo infantil resurgiendo.

Intuí que su sonrisa iba a revelar un secreto.

—Todas las historias tienen un grano de verdad, Lucio. Pero la magia reside en cómo las recordamos y en cómo las relatamos. Nos despedimos con un abrazo cálido, y mientras caminaba de regreso a la plaza, el aire fresco de la noche me golpeó, llevando con él los ecos de mi infancia. Las luces del pueblito, ahora más difusas, parecían jugar a las escondidas entre las sombras de los árboles, como si la misma noche quisiera contarme sus historias.

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