Hechicera


Hechicera 

Por: Olga Leticia Orizaga Cárdenas

La tranquilidad de la noche fue interrumpida por el grito enérgico de Dayana quel legó a todos los rincones de la casa.

—¡Leonor, hija, es hora de dormir!Aun sin cerciorarse, sabía que la chica se encontraba sentada frente a lacomputadora. De no exigirle que se acostara, era capaz de no dormir por estar en esa actividad. Obediente apagó las luces de su recámara. Disponiéndose a descansar se cubrió conla sábana. Apenas comenzaba a abandonarse al sueño cuando de pronto, algo que cayósobre sus pies la hizo sobresaltar. Sintió como le caminaba por entre las piernas, subiendopor el estómago hasta llegar al pecho. En la oscuridad pudo distinguir dos pequeños ojosbrillosos. Un pavor indescriptible se apoderó de ella haciéndola gritar de terror. Creyendo que su hija estaba en peligro los padres irrumpieron en la habitación.

—¡¿Qué pasa, Leonor?! –dijo Ernesto asustado.

—¡Un gato, papá! —¡Es el gato de la vecina! ¡Debe haber entrado por alguna ventana! –alegó Dayana.

La madre tomó por el lomo al gato que se mantenía agazapado en un rincón, abrió laventana y lo aventó a la calle. Enseguida encaró a su hija severamente por su actitud.

—¡Esto no puede continuar así, Leonor! ¡Definitivamente tenemos que poner una solución a tu problema! Tuvo que hacer un alto para controlarse porque estaba verdaderamente molesta. La situación de la hija se estaba saliendo de control.

—Debido a la fobia por los gatos en esta semana hemos tenido tres sucesos. Estás acabando con la tranquilidad de todos. La familia conocía su problema. Estaban dispuestos a apoyarla en todo lo necesario, pero ella no ponía nada de su parte. Dayana le recordó lo difícil que fue sacarla del baño de la escuela, después de casi dos horas de haber terminado las clases. Ahí se escondió porque se le atravesó un gato por entre los pies. También el pago que habían hecho del cristal que estrelló por espantar al felino de la ventana. Y lo último que no sabía si lo habían hecho de buena voluntad, fue cuando varios de sus compañeros de salón en su intento por ayudarla, le regalaron un gato por su cumpleaños. Al destapar el regalo fue un verdadero caos.

—Mañana buscaremos ayuda profesional, no quiero que te vayas a volver loca. La trabajadora social de tu escuela me proporcionó una lista de psicólogos. ¿Lo que no sé es de dónde sacaremos el dinero para tu tratamiento?

—¿Puedo pedir el deseo de que desaparezcan todos los gatos de la faz de la Tierra, mamá?

—Te suplico, hija, ten un poco de conciencia. Todos necesitamos dormir, tenemos actividades para mañana. Leonor no entendía ninguna explicación, únicamente rogaba que no la dejaran sola.

—¡Eso es imposible! –gritó la madre– ¡Acuéstate y cierra la puerta por dentro!

—¡Quédate conmigo, papá, por favor! ¡Tengo mucho miedo!

—Estaré solo hasta que logres conciliar el sueño. Mañana nos llega un pedido de llantas en la empresa y debo verificar la descarga. No le importó la edad de la adolescente, para él seguía siendo su niña chiquita. La abrazó tiernamente. Estaba dispuesto a acurrucarla entre sus brazos y si era necesario, a dormir con ella toda la noche para que controlara su temor.

—¡Estoy temblando, papá!

—Yo te protegeré. Trata de olvidar a ese animal.

—Sabes, papá. ¡Tengo miedo de ser la elegida!

—¿A qué te refieres con eso de la elegida?

—Hay un secreto que nunca le he dicho a nadie, ni siquiera a mi mamá. Se trata de una herencia en nuestra familia, que pasa de generación en generación.

—¡¿Quieres hablar de eso, ahora?!

Se le quedó mirando fijamente tratando de decidir si era oportuno decirlo o callar. Era importante que supiera por lo que estaba pasando.

—Es algo que me está ahogando. No dejo de pensar en ello.

—Si crees que con eso mitigarás tu miedo, cuéntamelo todo.

Torciéndose las manos por el nerviosismo comenzó el relato.—Cuando era pequeña, mi abuelita Rosario me confió algo. Me dijo que era importante que lo supiera a esa edad, pues veía algo en mí que ninguna niña tenía.
Ernesto la miró extrañado. Jamás le notó alguna diferencia.

—A lo mejor me juzgas loca o te vas a reír de mí, pero desde que lo supe comencé a sentir terror por los gatos. El padre la arropó. Lentamente atrajo su cabeza colocándola sobre su pecho, pues aún la veía alterada.

—Recuerdas que cada año íbamos de vacaciones al rancho de los abuelos. Íbamos solos porque tú tenías que trabajar. Pues en una ocasión mi abuelita me llevó a conocer a una hermana que tenía. Era muy misteriosa. ¿Te acuerdas de ella?

—Claro. La mujer no hablaba con nadie. Era muy solitaria. Tenía su casita al fondo de la parcela, para no encontrarse con las personas. Tus abuelitos jamás la abandonaron, pero siempre se preocuparon de que tuviera lo necesario para subsistir. La recuerdo perfectamente bien, se llamaba Rosaura.

Leonor comenzó a narrar a su padre los acontecimientos que le fueron confiados por su abuela, sin omitir ningún detalle.“Sabes, Leonor, mi hermana y yo nos queríamos mucho. A ella le encantaban los gatos, a mí no tanto, pero no me molestaba que los tuviera. A mis padres sí, sobre todo, que recogiera animales abandonados pues no podían alimentarlos. Siempre jugó con ellos, pero había uno que era su consentido. Era un gato negro,de pelaje brilloso, un ojo era color gris y el otro café. Le puso de nombre Sombra. La mascota la seguía a todas partes, no se le separaba ni un instante, incluso, hasta dormía con ella. En una ocasión me di cuenta de algo horrible. Por las noches el gato esperaba a que Rosaura se durmiera, luego, se subía en su pecho y pegaba el hocico a su boca para respirar su aliento. Horrorizada se lo dije a mi padre. Él me dijo que efectivamente el animal atrapaba su respiración, pero eso no era malo, porque ella era una elegida. En ese momento no comprendí a que se refería, tampoco me dio curiosidad por preguntarle, pero me desconcertó ver la alegría en su rostro. Me dijo que durante muchos años no hubo ninguna elegida. Lo adjudicaron a la mortandad que hubo durante la epidemia de viruela, pues dejó a la familia con pocos integrantes.

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